Los últimos días de Hitler

13 marzo 2009 por Lutridas II el Sabio en Internacional

Para comenzar esta nueva sección que estrenamos hoy, y dedicada a nuestra amiga la Historia y sus protagonistas, he decidido acercarme a una de las figuras, sin duda, más relevantes e introvertidas del siglo XX, Adolf Hitler, y a los últimos días de su vida. Muchas han sido las obras y ensayos de mis colegas los historiadores sobre este peculiar personaje.

Clase de gimnasia

No es mi intención exponer ahora el estado de la cuestión o las más recientes monografías sobre una figura que ha inspirado a tantos y tantos autores, no sólo historiadores, sino también artistas de la farándula y del espectáculo, con películas como Mi vida sin mí, personajes como Sloth –protagonista de los Goonies- o don Pimpón, ambos de claro corte hitleriano, e incluso obras de arte como las Majas de Goya o el Mosaico de Alexander Trimulín; y que, en definitiva, ha cautivado el corazón de miles de niños.

La mañana del 30 de abril de 1945 moría el individuo que había ordenado ejecutar a millones de personas y provocado el mayor conflicto que haya conocido el ser humano. Pero el gran protagonista de aquella fecha fue alguien que nadie hubiera sospechado.

Años antes, Adolf había logrado hacerse con el poder absoluto en Alemania. Y lo había hecho a pesar de su incapacidad para hablar; hándicap que intentaba solventar a través de gritos sin significado alguno, y que tan popular le hicieron entre las jóvenes teutonas. Tras haber sido echado a patadas y puñetazos de una taberna por su propietaria en el famoso “Putsch de la cervecería”, Hitler, totalmente ebrio de rencor y cebada, clamó venganza.

Comenzaron sus impresionantes manifestaciones adonde acudían masas de gentío deseosas de ver los espectáculos circenses que se montaban tras el correspondiente mitin. Todos debían guardar la distancia correspondiente con el resto, por lo que al inicio y durante las mismas se pedían periódicamente a los asistentes elevar el brazo derecho y tocar el hombro del compañero de delante. Poco después se haría con el gobierno del país a través del procedimiento típico de las democracias de entonces: se elegía al más feo. En esta ocasión, ganó Adolf.

Durante su régimen de terror había logrado levantar un país arruinado por la codicia de las potencias vencedoras en la llamada Gran Guerra, a cambio de sangre y sudor, si bien recientes investigaciones apuntan al uso de sustancias prohibidas, como EPO. Pero sobre todo había conseguido una maquinaria de guerra casi perfecta. Con sólo introducir una moneda de veinte duros, el piloto lograba que su caza Messerschmitt disparara una ráfaga de balas que era cosa mala.

Efectivo sí, pero el ingeniero de todo ello pasó por alto un posible contratiempo: si no se disponía de suelto, podrían comenzar los problemas. Fueron muchos los pilotos que cayeron al habérseles acabado las monedas. Simplemente con que uno se imagine comprobar en pleno combate, frente a tu enemigo, que no le quedaba ni una mísera moneda de veinte duros, se le ponen a uno los pelos de punta. Precisamente cuando la circulación monetaria inició un proceso de retraimiento, comenzó el declive del dominio nazi sobre Europa. Fueron los orígenes de nuestras populares tragaperras.

Gracias a su maquinaria bélica, el Tercer Reich había anexionado bajo su autoridad Checoslovaquia, Polonia, los Sudetes, Francia, Tirania, Massachusetts y un sinfín de pueblos. Pero a la altura de 1945, quedaban ya lejos aquellos años de gloria del régimen nazi. Por el Este, los rusos estaban a las puertas de Berlín, mientras por el Oeste, los americanos, tras bombardear sin querer toda Francia, atacaban ya zona propiamente alemana. Por su parte, los ingleses invadían de nuevo Escocia sin motivo lógico aparente.

El truco del Colacao

Hitler apenas lograba conciliar el sueño. Su gran Alemania se hacía añicos y no era capaz de resolver un jodido sudoku que había iniciado meses atrás. Andaba de una sala a otra del Bunker que había ordenado construir en la copa de una hermosa encina, si bien finalmente cedió a los consejos de los expertos y se construyó bajo tierra en forma fálica. “Qué número pongo en esta puta casillan!?”, espetaba Hitler. Poco después ordenaba a sus oficiales quemar el sudoku.

Según datos fehacientes, más del 70% de los libros quemados por los nazis tras las multitudinarias manifestaciones eran en realidad compilaciones de sudokus que el Führer no había logrado completar. Se le veía nervioso, triste, melancólico: quería salir a la calle y jugar con los niños arios a la pelota… quería gritar en libertad. “En qué hora ‘me se’ ocurrió meterme en esto…” le dijo una tarde a uno de sus fieles amigos, el Señor Pe, funcionario. “ ‘me se’ fue de las manos, Señor Pe”.

Al ser fiel amigo, había logrado descifrar lo que Adolf quería decir. Fue la última vez que le vio con vida. Una bala de procedencia aún no aclarada atravesó inexplicablemente los dos ojos de Pe, quedando mudo para siempre, ante lo inaudito del caso. Sus dos últimas noches de vida, Hitler las pasó encerrado en su celda. Quizá entonces escribiera las últimas páginas, hoy perdidas, de su autobiografía, Mein Kampft, traducida al castellano como Atrapado en el tiempo, existiendo una interesante edición en gallego intitulada Losantos. Quizá igualmente se hiciera una gayola, que siempre viene bien.

Finalmente, la mañana del 30 de abril ocurrió lo que ya todo el mundo conoce. Adolf se disponía como cada despertar a tomar su tacita de Colacao, junto a su fiel amigo Friederich el Galgo. Éste, viendo tan decaído a su Führer, decidió con toda su buena voluntad, realizar su gran truco. Con él, Friederich el Galgo había logrado una fama sin parangón, pasando de hacer reír a los niños en las guarderías a los grandes teatros de Berlín, incluido el Reichstag, provocando la admiración y regocijo de miles de personas y nazis. Pero esa mañana, haría un pase privado a su amigo… iba a ser su mejor actuación. Era el truco del Colacao.

Así las cosas, el Galgo vertió una pequeña cantidad de esos gránulos achocolatados en una cuchara y se los llevó a la boca, colocó un mechero frente a él, lo encendió y sopló con todas sus fuerzas, con todo su aliento, el aliento que a uno le sale para animar a un amigo… un viento huracanado.

Y los ojos cerrados, imaginándose en apenas un segundo la cara de sorpresa y alegría en su compañero…y ambos reirían, se abrazarían en estos días de dolor y zozobra, y todo, aunque fuera por un instante, volvería a ser como antes… tiempos felices.  Para su desgracia, no había calculado la distancia que le separaba de Hitler. Craso error. A Adolf sólo le dio tiempo a abrir desorbitadamente los ojos mientras veía acercarse fulgurantemente la frondosa llamarada. Y todo acabó… La primera sonrisa del Galgo se tornó en estupefacción y luego en llanto y gritos al ver a su amigo chamuscado y lo que se le podía venir encima. Sus dientes manchados de chocolate, dándole aspecto de mellado, daban mayor dramatismo a la imagen. Así murió el mayor asesino de la reciente historia europea.

Desde entonces, el Colacao se convirtió en un símbolo de libertad, estando muy presente en los tumultuosos años del 69 y del 82, hasta el punto de suponer un quebradero de cabeza para las autoridades occidentales, que rápidamente iniciaron una campaña para desprestigiarle y evocarle al olvido, creando un producto llamado a ser su acérrimo enemigo: el Nesquik. Pero eso, es otro tema.

La famosa imagen del supuesto cadáver de Hitler que hallara un soldado aliado es una farsa. En realidad se trata de una instantánea tomada al entonces joven Adolf durante las vacaciones del 31 en Lesotho, mientras dormía tras horas jugando a “¿Qué personaje eres?” Un hijoputa le había puesto como personaje el Agujero Negro, dibujado en la frente. Como es lógico, nunca lo adivinó.

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Comentarios (1)

 

  1. joey.bronson dice:

    La historia es impresionante, he llorado muchísimo leyéndola, cuanto sufrimiento innecesario, cuan atrasados estábamos entonces. Maldito Nestquick. Muy bien documentado el artículo y, por cierto, te agradezco la mención a Tirania, ese país por ambos amado y cuyas tiránicas gentes, malavadas sólo porque asín las hizo Dios, sufrieron tanto. Si me das permiso, remitiré tu escrito al departamento de comptemporánea de la Comlutense.

    Chapó, colega.

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